Bicicletas: ¿la revolución urbana que no será?

Para transformar en serio las ciudades, el movimiento pro-ciclista necesita llevar el debate más allá de la fácil oposición autos vs. bicicletas y demandar mucho más que meras prerrogativas especiales.

Salvador Medina Ramírez | Urbanismo

La popularización de la bicicleta como medio de transporte a nivel urbano ha provocado una discusión, a menudo polarizada, sobre la cantidad de espacio público destinada al automóvil particular en las calles. Una discusión en la que muchos de los ciclistas se asumen superiores moralmente a los automovilistas debido a las bondades ecológicas del uso de la bicicleta, a la autonomía que les concede frente a los congestionamientos y al hecho de que parecen sentirse más valientes que el común de las personas por circular por las calles de la ciudad. Una actitud arrogante, nada distante de la de los automovilistas que consideran que ellos son dueños de la calle, incluyendo las banquetas, que utilizan para estacionarse. Esta actitud y la subsecuente polarización que genera podrían terminar matando las promesas de un mejor medio ambiente para las ciudades, ese ambiente de libertad y de emancipación que la bicicleta abandera.
Los activistas y grupos pro-uso de la bicicleta han abierto una hendidura en el discurso dominante de la movilidad urbana basada en el automóvil –discurso que no es más que expresión de un modelo de ciudad fragmentado, segregado y antidemocrático que aliena a la mayor parte de sus habitantes. Esta hendidura se debería aprovechar para transformar las ciudades. Sin embargo, las protestas y demandas de estos grupos en pro de más infraestructura ciclista no implican en general un cambio radical de la manera en que se produce, utiliza y representa el espacio público y la ciudad. Es natural así que, mientras sus demandas son satisfechas parcial y eventualmente, se continúe construyendo infraestructura para el automóvil y desarrollando grandes proyectos urbanos que encarecen y expulsan a poblaciones –y la desigualdad general se agudiza y la contaminación no se resuelve.
De continuar así, la presión que ejercen los grupos pro-ciclistas hará que todo cambie (en infraestructura ciclista) para que todo siga igual (con respecto a las razones de fondo de la desigualdad urbana). De este modo, la oportunidad que se había abierto para replantear las ciudades se habrá perdido, al ser nulificados políticamente estos grupos. Dicho otro modo: la creación de más infraestructura para la bicicleta no cambiará por sí sola ni en gran medida las políticas actuales de la ciudad.
Por esta razón es importantísimo abandonar el discurso dicotómico de autos versus bicicletas y comprender que los conductores de automóviles también son habitantes de las urbes. Todos padecemos por igual la dominación de las políticas de libre mercado con una mínima intervención estatal –puesto que el paradigma neoliberal también existe y prevalece en el urbanismo– y todos tenemos que vivir con los efectos provocados por el automóvil, dentro o fuera de él, ese fetiche del cenit del siglo XX, objeto predilecto de la nación capitalista más exitosa de entonces, Estados Unidos.
Los mismos ciclistas están expuestos a esta suerte de fetichismo. Así como buena parte de las personas persigue el estatus social que brinda el tener un automóvil en el capitalismo privatizador, muchos ciclistas urbanos adquieren bicicletas de lujo para marcar su estatus (sirvan de ejemplo las bicicletas Brompton). De igual modo, ellos también son víctimas del mal transporte público, el cual provoca que tanto los automovilistas como los ciclistas eviten utilizarlo. En otras palabras: muchos ciclistas adoptan el paradigma capitalista neoliberal que auspicia la solución individual, el sálvese quien pueda (de ser posible con lujo), en vez de promover la construcción de un Estado capaz de generar equidad mediante soluciones colectivas. (Ahí está, por ejemplo, el discurso que afirma que el “cambio está en uno mismo”.) Basta de asumir, pues, que el andar en bicicleta tiene el potencial de resolver la desigualdad urbana generada por políticas públicas no pensadas para todos, por la ideología de la competitividad prevaleciente en las ciudades y por el rechazo ideológico a generar respuestas públicas y colectivas a problemas públicos y colectivos.
Una manera de evitar que la oportunidad de cambio real planteada por el ciclismo no se pierda es a través de la politización de los grupos ciclistas (mientras los haya). Es necesario llevar el debate más allá de la discusión estéril de los autos contra las bicis y de la mera demanda de crear mayor infraestructura para las bicis. Hay que llevar las batallas al tema del espacio público y de la construcción de la ciudad misma. El movimiento ciclista ha dado en el punto clave de la distribución inequitativa del espacio público y del uso privilegiado de la ciudad por unos cuantos. No obstante, su lucha actual no parece tener como fin cambiar de fondo esta problemática (al menos no en la mayor parte de los casos) sino contar con una infraestructura segregada y con prerrogativas especiales. La verdadera lucha es por desactivar las políticas públicas y las instituciones que permiten que esta distribución inequitativa se mantenga a diario y por garantizar el derecho a la ciudad para todos sus habitantes de manera irrestricta.
Esto implica abandonar consignas absurdas como “Mejor en bici”, “Te reto a que te bajes del auto”, “Bájate del auto, súbete a la bici”, etc. La bicicleta es un medio de transporte que no todos pueden usar (por capacidades físicas o por las distancias que es necesario recorrer) y que puede ser tan o más individualista como el automóvil. Se requiere, así, formular demandas que realmente generen cambios radicales, como sistemas de transporte 100% públicos, mecanismos democráticos de participación ciudadana, mecanismos redistributivos de la riqueza que desincentiven el uso del auto, inversión pública en transporte urbano y en espacio público con un enfoque de equidad y redistributivo, entre muchas otras medidas.
De igual manera, avanzar en la discusión implica abandonar el uso ingenuo de falsos argumentos economicistas, como el que asegura que el uso de la bicicleta vuelve a las “ciudades competitivas” al incrementar las ventas, el valor del suelo o la productividad (argumentos expuestos inocentemente en “Bicieconomía”). Este tipo de argumentos-propaganda son justamente los que el neoliberalismo despliega retóricamente para justificar una gran variedad de políticas de desarrollo urbano gentrificador que, de hecho, son la causa de la segregación y el empobrecimiento de grandes masas urbanas. Este fenómeno es casi obvio en la idea de que es necesario crear proyectos ciclistas emblemáticos en las zonas de más altos ingresos de las ciudades para que después estos sean replicados en otros lados, con lo que suele aumentar aún más la concentración del ingreso en una zona y de gasto público regresivo en los mismos lugares. Esta idea es similar a la idea errónea de que hay que generar riqueza para después repartirla –como si una vez que los ricos fueran más ricos y poderosos tuvieran algún motivo para ceder lo ganado. Así, la lucha más importante de todas es la que tiene que ver con el control público del suelo y con un desarrollo urbano con fines de equidad. De lo contrario los especuladores inmobiliarios y las grandes constructoras continuarán imponiendo su lógica mercantilista, con el resultado de ciudades más desiguales y caracterizadas por un uso masivo del auto –y todo esto, dicho sea de paso, con la ayuda de los grupos pro uso de la bicicleta. Hay que evitarlo.
No se trata de ser pesimistas ante las acciones del movimiento ciclista ni de menospreciar sus triunfos. Por el contrario: se trata de comprender su enorme potencial para transformar radicalmente las ciudades; de entender que la bicicleta puede ser un verdadero instrumento de emancipación; de soñar y crear una sociedad diferente en grupo, una verdadera revolución urbana nacida de la bicicleta. Aún hay que echarla a andar.

– See more at: http://horizontal.mx/bicicletas-la-revolucion-urbana-que-no-sera/#sthash.o7e00VMS.dpuf

Embedded Link

Bicicletas: ¿la revolución urbana que no será?

Google+: Reshared 1 times
Google+: View post on Google+

Lectura: ¿Ayudará el TPP a Latinoamérica?

Les recomiendo dar lectura al siguiente artículo, pone por delante los posibles beneficios macroeconómicos en  Latinoamérica, pero advierte que la piedra de los frijoles es la insistencia de Estados Unidos por incluir la ampliación  de la protección de propiedad intelectual.

La discusión para la región es importante porque lleva a escenarios de sobre protección de las obras, pero en el caso mexicano esa propuesta es un periodo corto.

————————————-
¿Ayudará el TPP a Latinoamérica?
Andrés Velasco | 4/5/2015

Acuerdos como el TPP podrían ser de gran beneficio para Chile, Perú y otros países de ingresos medios. Pero este potencial sólo se puede concretar si una cantidad mayor, no menor, de conocimientos fluye entre los miembros del acuerdo

Santiago.– El Fondo Monetario Internacional acaba de reducir sus previsiones sobre el crecimiento económico de América Latina por quinto año consecutivo, y en consecuencia los países de la región buscan formas de reanimar la inversión y aumentar su productividad. Para esto, deberían inspirarse en el rápido crecimiento de Asia, según afirman los partidarios del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP según su sigla en inglés), el propuesto mega acuerdo de comercio internacional que uniría a 12 países de la cuenca del Pacifico. ¿Es útil esta recomendación?

Si se lleva a cabo de manera correcta, el TPP podría ayudar a que México, Perú y Chile – los miembros latinoamericanos del acuerdo – dieran el salto hacia exportaciones de alta productividad basadas en la innovación. Sin embargo, para lograr este objetivo sería necesario que el TPP no impidiera sino que fomentara el flujo de conocimientos dentro de la cuenca del Pacífico. Desgraciadamente, Estados Unidos insiste en una serie de normas sobre la propiedad intelectual que sirven los intereses de empresas de su nación, pero no contribuyen mayormente a la creación de un ambiente propicio para la innovación en otros países del TPP. Esto debe cambiar – y dentro de poco tiempo – para que los años de conversaciones concluyan con éxito.

Los retos de crecimiento que enfrentan los tres países latinoamericanos del TPP son muy diferentes. En los últimos veinte años, México ha logrado diversificar su base de exportaciones, y hoy es un importante proveedor de productos industriales a Estados Unidos y Canadá. Lo malo es que las perspectivas de crecimiento para México han pasado a estar íntimamente ligadas a las de su poderoso vecino del norte. Lo bueno es que en la actualidad Estados Unidos está creciendo con mayor rapidez que cualquier otra economía industrializada de importancia, de modo que según el FMI, México puede esperar unos dos años de aceleración de su crecimiento económico.

Por el contrario, Perú y Chile son exportadores de recursos naturales que se beneficiaron enormemente con el auge de los productos básicos, impulsado por China, que se produjo en los últimos diez años. Puesto que es difícil llegar a ser más eficiente en la producción de una tonelada de cobre o de un kilo de fruta (y en el caso de Chile la ley del mineral de cobre está declinando), el crecimiento debe provenir de la diversificación: reasignar el capital y el trabajo a sectores nuevos, donde la productividad sea mayor.
Es en este ámbito donde la cuenca del Pacífico y el TPP adquieren importancia. Una empresa de Tailandia, Las Filipinas o Vietnam puede desarrollar un producto nuevo sumándose a la gran cadena de valor del Asia Oriental y produciendo, por ejemplo, un pequeño componente que, junto a otros múltiples componentes, será ensamblado en una fábrica en China para producir un teléfono inteligente.

Pero las empresas de Chile o de Perú – así como las de Colombia o Uruguay – no tienen esta oportunidad: América del Sur se encuentra fuera de las cadenas de valor más importantes del mundo. En esta región, las empresas innovadoras enfrentan la ardua tarea de desarrollar productos enteramente nuevos y de venderlos en mercados muy distantes en términos geográficos y económicos.
El TPP podría contribuir a cambiar esta situación facilitando el comercio de insumos intermedios y ayudando a crear cadenas de valor a través de la cuenca del Pacífico. De particular valor sería simplificar la maraña de las "reglas de origen" – las reglas que dictan cuándo los insumos producidos en otros países pueden usarse en productos que cumplan las condiciones necesarias para recibir los beneficios del libre comercio.

Hasta aquí, todo bien. Los optimistas pueden imaginar una nueva generación de flujos de comercio, inversión y conocimientos a través del Pacífico, que aportaría beneficios a todos. Sin embargo, los impulsores de TPP tienen que enfrentar la obstinación de los productores de arroz en Japón (el primer ministro Shizo Abe promete que lo hará) y de los titulares de patentes y derechos de autor en Estados Unidos.

La propiedad intelectual se ha convertido en una de las cuestiones más contenciosas dentro de las negociaciones del TPP, y no es difícil ver por qué. Estados Unidos está ejerciendo presión para alargar el plazo de la propiedad de los derechos de autor relacionados con obras, películas y música. Además, busca cambios técnicos que en la práctica significarían plazos más largos en la vigencia de las patentes de los productos farmacéuticos y en el proceso de aprobación de los fármacos genéricos, además de ampliar la protección de los medicamentos biológicos.

La lista de exigencias polémicas por parte de Estados Unidos es larga Una de las que ha indignado a los activistas de internet en especial es la que clasificaría a las copias caché de sitios de web resultantes de búsquedas en el internet como copias temporales, de modo que los usuarios podrían quedar sujetos a multas por infracción a los derechos de copyright. Además, existe preocupación en cuanto a la libertad de expresión en caso de que se retiren publicaciones por supuestas transgresiones a los derechos de autor.
Por lo general, tales disposiciones no forman parte de los acuerdos internacionales vigentes –  como el TRIPS de la Organización Mundial del Comercio – ni de los acuerdos bilaterales de libre comercio que el propio Estados Unidos ha negociado con una diversidad de países. En otros casos, el plazo de protección se ampliaría de manera considerable. Para los derechos de autor, Estados Unidos pide 95 años de protección con posterioridad a la publicación, o 120 años después de la creación, mientras que el TRIPS contempla 50 años y los acuerdos de Estados Unidos con Australia, Chile, Corea y Perú estipulan 70 años.

Todos estamos de acuerdo en que la propiedad intelectual requiere de una protección fuerte. Si los inventores no pueden esperar recompensa por sus logros, dejarán de inventar o los inversores dejarán de financiar sus invenciones. Pero la mayoría de los economistas concuerda en que estos incentivos deben ser equilibrados con la necesidad de acelerar la difusión y absorción del conocimiento, y que el punto óptimo se encuentra cerca del medio. En este sentido, la ampliación de los plazos de protección de patentes y derechos de autor que exige Estados Unidos es arbitraria, puesto que no se fundamenta en una presunción de mayor eficiencia económica.

La política de la cuestión es compleja para los tres miembros latinoamericanos del TPP, los que ya han negociado acuerdos sobre propiedad intelectual con Estados Unidos llegando a lo que parece ser un nivel de protección mutuamente aceptable. ¿Por qué habría de llegarse a un cambio en esto ahora?

Este dilema es especialmente fastidioso para Chile, que ha celebrado acuerdos de libre comercio bilaterales con todos los posibles miembros del TPP. Si es improbable que el país obtenga un acceso importante a nuevos mercados, los críticos preguntan ¿por qué no debería Chile abstenerse de toda concesión comercial?
Esto es ir demasiado lejos. Precisamente debido a la necesidad de diversificar las exportaciones, acuerdos como el TPP podrían ser de gran beneficio para Chile, Perú y otros países de ingresos medios. Pero este potencial sólo se puede concretar si una cantidad mayor, no menor, de conocimientos fluye entre los miembros del acuerdo. Incluso Estados Unidos podría beneficiarse de tener socios comerciales capaces de innovar, en lugar de servir sólo de compradores pasivos de películas y canciones estadounidenses.

Cuanto antes comprendan esto los negociadores comerciales de Estados Unidos, mejor para todos.
—————————————————–
Traducido del inglés por Ana María Velasco
Andrés Velasco, ex Ministro de Hacienda de Chile, es Professor of Professional Practice in International Development en la Escuela de Asuntos Públicos e Internacionales de Columbia University, Estados Unidos
Copyright: Project Syndicate, 2015.
www.project­syndicate.org
– See more at: http://www.confidencial.com.ni/articulo/21654/iquest-ayudara-el-tpp-a-latinoamerican#sthash.rdf5xz1y.dpuf

Embedded Link

¿Ayudará el TPP a Latinoamérica?
Acuerdos como el TPP podrían ser de gran beneficio para Chile, Perú y otros países de ingresos medios. Pero este potencial sólo se puede concretar si una cantidad mayor, no menor, de conocimientos fluye entre los miembros del acuerdo…

Google+: View post on Google+